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Y Hopper llegó a Madrid
Edward Hopper
Habitación en Nueva York, 1932
(Room in New York)
Óleo sobre lienzo. 74,4 x 93 cm
Sheldon Museum of Art, University of
Nebraska, Lincoln, Nebraska. F. M. Hall
Collection
Edward Hopper
Casa junto a la vía del tren, 1925
(House by the Railroad)
Óleo sobre lienzo. 61 x 73,7 cm
The Museum of Modern Art, New
York. Donación de Stephen Clark, 1930
Edward Hopper
Reunión nocturna, 1949
(Conference at Night)
Óleo sobre lienzo. 71,7 x 102,4 cm
Wichita Art Museum, Roland P.
Murdock Collection
Edward Hopper
Esquina de Nueva York (Corner
Saloon), 1913
(New York Corner (Corner Saloon))
Óleo sobre lienzo. 61 x 73,7 cm
Colección privada. Courtesy Fraenkel
Gallery, San Francisco
Edward Hopper
Sol de mañana, 1952
(Morning Sun)
Óleo sobre lienzo. 71,4 x 101,9 cm
Columbus Museum of Art, Ohio:
Howald Fund Purchase
Excelente y sin precedentes esta exposición que lleva por título simplemente el apellido del gran artista norteamericano. La muestra reúne la más amplia y ambiciosa selección de la obra del artista que se haya mostrado hasta ahora en Europa, con préstamos procedentes de grandes museos e instituciones como el MoMA y el Metropolitan Museum de Nueva York, el Museum of Fine Arts de Boston, la Addison Gallery of American Art de Andover o la Pennsylvania Academy of Fine Arts de Filadelfia, además de algunos coleccionistas privados, y con mención especial al Whitney Museum of American Art de Nueva York, que ha cedido 14 obras del legado de Josephine N. Hopper, esposa del pintor. La exposición cuenta también con la colaboración de la Terra Foundation for American Art.
Además, la última sala de la exposición se ha convertido en un set de cine donde el cineasta estadounidense Ed Lachman ha recreado la conocida pintura Morning Sun (Sol de la mañana, 1952). Lachman reproduce en tres dimensiones la escena del cuadro, desvelando la utilización de ciertos recursos cinematográficos en las obras de pintor.
Hopper es uno de los pintores norteamericanos más conocidos y apreciados en Europa pero, paradójicamente, sus cuadros sólo se han expuesto en contadas ocasiones ante este público. Con el objetivo de llenar ese vacío y difundir su trabajo, se unen ahora estas dos instituciones culturales, especialmente relevantes para el artista: el Museo Thyssen porque alberga la colección más importante de su obra fuera de Estados Unidos y la Réunion des musées nationaux porque París y la pintura francesa de principios del siglo XX fueron un referente fundamental en sus inicios artísticos. Comisariada por Tomàs Llorens (Director honorario del Museo Thyssen-Bornemisza) y Didier Ottinger (Director adjunto del MNAM / Centre Pompidou), la muestra en Madrid presenta una selección de 73 obras y analiza la evolución de Hopper en dos grandes capítulos.
El primero de ellos arranca con su paso por el estudio de Robert Henri en la New York School of Art y recorre el periodo de formación del artista, con obras que, de 1900 a 1924 aproximadamente, ya empiezan a reflejar su estilo propio. Pinturas, dibujos, grabados y acuarelas se exponen aquí junto a algunas piezas de otros artistas como el propio Henri, Félix Valloton, Walter Sickert, Albert Marquet o Edgar Degas, en un diálogo que emula el que en su día mantuvieron con Hopper. La segunda parte se centra en la producción de su etapa de madurez y repasa su trayectoria artística de manera temática, destacando los motivos y asuntos más recurrentes de su trabajo, aunque siguiendo siempre un hilo cronológico.
A pesar de ser un pintor muy popular y aparentemente accesible, las obras de Hopper son uno de los fenómenos más complejos del arte del siglo XX, según consideran los dos comisarios de la muestra. El pintor estadounidense (Nyack, 1882 - Nueva York, 1967) fue uno de los principales representantes del realismo del siglo pasado aunque vivió muchos años trabajando como ilustrador, ignorado por el público y la crítica. En 1913 vendió su primer cuadro, Velero (1911); en 1923, el segundo —La mansarda, al Brooklyn Museum of Art—, y tuvo que esperar hasta el año siguiente, cuando tenía ya 43, para ver el éxito de su primera exposición en la Rehn Gallery de Nueva York y poder dedicarse por completo a la creación artística. La Gran Depresión no fue un impedimento para que, a partir de entonces, los grandes museos y coleccionistas estadounidenses empezaran a adquirir sus obras.
En 1930, Casa junto a la vía del tren (1925) fue la primera pieza en integrar la futura colección de pintura del recién inaugurado MoMA de Nueva York, donada por el conocido coleccionista Stephen Clark, uno de los mayores defensores de su arte. Tres años después, en 1933, de las paredes de este museo colgaban más de 70 obras en la que fue su primera gran retrospectiva, con préstamos llegados de todo el país. De esta manera, en menos de una década, Hopper pasó prácticamente del anonimato a convertirse en uno de los artistas vivos más valorados en Estados Unidos.
Americanismo y realismo son, desde sus comienzos, atributos clave de su pintura. Sus cuadros son un fiel retrato del país. Revelan su cara más moderna, pero sin idealizarla, mostrando la realidad de manera simplificada. Aunque existen algunos paisajes y escenas al aire libre, la mayoría de sus obras se desarrollan en lugares públicos, como bares, hoteles, estaciones, trenes… entornos prácticamente vacíos y con fuertes contrastes entre luces y sombras que acentúan la soledad y el dramatismo del hombre moderno.